11 de abril de 2011

Al tío del alquiler.


 No hay diferencia alguna entre mi apartamento y la celda de una cárcel. Los barrotes de las ventanas te agobian y no te dejan respirar, pero según mi exmujer debo ver el lado positivo de las cosas; con los barrotes en cada ventana han dejado de entrar a robar, que estemos divorciados es un lujo, nos lo montamos si compromiso y la aguanta el capullo de su novio, en la cárcel se comía de puta madre, no como aquí, que los rollitos están pasados y el arroz chino sabe a sudor de chino. Odio la comida china, odio el barrio chino, y odio que no hayan gatos en esa zona; pero entre el alquiler, la pensión que le paso a esa zorra tan positiva y que ya no tengo trabajo, no puedo comer otra cosa. Lo sucia que es la vida en este suburbio, lo difícil que es salir de aquí. O robas o dejas que te den por el culo; y conmigo quieren hacer eso las editoriales. Seré un iluso, pero yo no vendo mi literatura a peso, escribir es un arte del que se puede vivir, pero no es una vida que puedas convertir en arte a golpe de talón, cheque y sexo. Me criticaban por ser tan tétrico en mis escritos: muerte, sexo y excesos. Pues en esta, mi última obra no va a ser diferente...
 Esta es mi carta de suicidio. Le he pedido la soga al dueño del piso, y mañana le deberé tres meses de alquiler, así que me encontrará aquí arriba, nunca mejor dicho. Buenas noches, y Amén.

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