13 de abril de 2011

Haciendo negocios

 Ese viejo verde se estaba beneficiando a mi hermana, y coge esta mañana y me suelta, "No te frustres, yo solo quería ver arte, y Cristel es tan inocente como la estatua del busto de una ninfa". Acabó la frase y fue al baño, lo empujé contra la bañera y se abrió la nuca. Un accidente... ¡Será pedante! ¡Será pederasta! ¡Será!...penosamente ridículo... Abrí el grifo de la ducha para que todo fluyera con sutileza, sin prisa pero sin pausa, mientras que el muy ingenuo intentaba gritar, emitiendo gemidos de esos de cuando te vas a correr. Le di al pestillo y cerré desde fuera, bajé a la cocina.

Pan, manteca, azúcar, café..."¿Todo esto para el marqués?" "Sí, y no lo toques" "Se está duchando, y esto frío no hay quien se lo coma".

Al rato llaman al timbre. "Es la gorda del segundo" "¿Qué quiere?" "Que cerremos el grifo del baño, que está cayendo agua en su casa" "¡Ala! ¿Ya le ha dado un síncope al viejo?" De fondo se escucha un "Oh, dios mío". Llego y está Cristel con una radiografía en la mano, la puerta del baño abierta, y un fantasma en su rostro angelical.

"Un terrible accidente, señor agente. Estamos destrozados" (¿No querías arte? Pues en el cielo verás angelitos, viejo).

"Por lo menos habrá puesto algo de su herencia a tu nombre" "Claro, todo..." Y lloramos; ella de pena, yo de alegría. Negocio redondo.

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